365 días menos para morir



Recupero algunas reflexiones de 2016:

Enero ha dejado de asfixiar con la cuesta y se ha plagado de buenos propósitos, mil cosas que cumplir y un cambio de vida radical para más de media población. Como si no pudiéramos barrer a diario y ser lo que somos si no es un primero de año.

Yo decidí hace tiempo echar toda la basura al contenedor, reciclar lo que me interese y conservar lo que necesite. El resto, estiércol para las plantas y comida para los cerdos.

Cuando dejas de acumular y te quedas con lo esencial, cuando eres libre de decidir si hoy te pintas de rojo o de azul, y cuando al levantarte de la cama compruebas que no hay ningún fallo mecánico, te das cuenta de que lo que buscas ya lo tienes. No hace falta más. Solo vivir.  

Y si lo que crees necesitar no lo encuentras ante tus ojos, no hace falta que te lo propongas como un reto. Cada día es una aventura para disfrutar. Saborea lo bueno y desecha lo malo. No hay más. Y si hay, es porque quieres.


Veterano de los besos






Me niego. Me niego y reniego de que las mariposas de la juventud se nos escapen del estómago cuando pasan los años. Agárrame fuerte y estrújame contra tu pecho. Déjame sentir el calor de tus manos en mi espalda. Respírame en el cuello. Búfame en la oreja. Siénteme en silencio. Acércate despacio y mírame fijamente. Ladea la cabeza. Respira entrecortadamente. Y luego, abalánzate sobre mí, dejando el mundo de lado. Quiero notarte cerca, creer que somos uno, olvidarme de que existo; dónde estoy, quiénes somos. Bésame como si no existiera un mañana, porque echo en falta la humedad de tus labios.

Veni, vidi, vici



La vida se le antojaba vacía si no había música de fondo. Un blues, algo de jazz, o tal vez rock duro. Lo importante era caminar tambaleándose bajo los efectos de una pegadiza melodía que quería gritarle al mundo un fuerte y contundente «vici». La dulce carcajada de sentirse plena retumbaba en su cabeza de camino a casa a última hora de un viernes frío, al atardecer —el mejor momento para imaginar que un sol radiante le abrasaba la cara y los pajarillos volaban alegres en busca de alimento para sus crías—. Sabía que le quedaba un largo camino, y que sería mejor hacerlo lo más agradable posible. Podía afirmar que  era feliz, a pesar del dolor muscular y el cansancio mental, que lejos de hacerle envejecer, la rejuvenecía varios años. Porque, como acostumbraba, su existencia se volvía a resumir en un «vine, vi, vencí».